Un perro es un ángel que viene al mundo a enseñarnos el amor.
¿Quién más puede dar amor incondicional? Amistad, sin pedir nada a cambio;
Cariño, sin esperar regreso; Protección, sin ganar nada; ¿Fidelidad, 24 horas al día?
Claro, alguno dirán nada que un padre no haga. Los padres son humanos y, cuando retan a sus hijos, tienden a enojarse e irse... Sin embargo un perro no se va lejos!
Incluso cuando les reprendemos vuelve con la cabecita baja, a pedir disculpas por algo que a lo mejor no ha hecho... Y lamen nuestras manos para pedir perdón.
Algunos ángeles no tienen alas, tienen cuatro patas, un cuerpo peludo, nariz de bola, orejas atentas, mirada de angustia y necesidad. A pesar de este aspecto, son como Ángeles como muchos otros.
A veces un ser humano lleva el disfraz de Ángel y sale a las calles para salvar algunos Ángeles abandonados tirados a la suerte. Curan sus heridas, les dan de comer y a veces los llevan a sus casa. Sólo para tener la sensación de haber ayudado a un ángel...
Dios, cuando nos hizo humanos, ya sabía que necesitaríamos de guardianes materiales que nos quitase del cuerpo las aflicciones de los sentidos y que nos permitiría sobrevivir cada día con casi nada, más allá de la mirada y la lamida de un perro.
Qué lindo sería si todos los seres humanos pudieran ver la humanidad perfecta de un perro.
*Este texto circula por Internet desde hace varios años, donde muchos firman como propio, lo he encontrado con traducciones en portuges e inglés. Así que por lo pronto lo pongo como Anónimo.
Hay un power point para descargar,pero quien lo firma no es la autora.
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